El reconocido arqueólogo mexicano Jorge Angulo Villaseñor falleció el pasado lunes 2 de noviembre a los 101 años de edad. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) confirmó la noticia del deceso de quien fuera una figura clave en el estudio de las culturas mesoamericanas y en la consolidación de diversas instituciones culturales en el país.
Durante su extensa trayectoria, Angulo Villaseñor dedicó su vida a la exploración de zonas arqueológicas y a la protección del patrimonio histórico de México. Su labor no se limitó únicamente a las excavaciones, sino que también fue fundamental para acercar la historia de las civilizaciones antiguas a la sociedad mediante la creación de espacios culturales.
Trayectoria y formación académica
Nacido en la Ciudad de México en 1925, su interés por el pasado prehispánico lo llevó a estudiar en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). En sus años de formación, tuvo el privilegio de aprender de grandes referentes de la arqueología mexicana como Alfonso Caso y Miguel Covarrubias, figuras que ayudaron a fundar el INAH.
Además de su capacidad como investigador, Angulo Villaseñor destacó por sus dotes artísticas. Un ejemplo de esto fue su participación en la creación de la réplica de la tumba de K’inich Janaab’ Pakal, donde fue el encargado de moldear los relieves de los muros que hoy se pueden ver en el Museo Nacional de Antropología.
Investigaciones y legado institucional
Su trabajo de campo abarcó gran parte del territorio nacional. Realizó investigaciones en sitios emblemáticos como:
- Teotihuacán (Estado de México)
- Tlatelolco y el Templo Mayor (CDMX)
- Chalcatzingo, Xochicalco y Teopanzolco (Morelos)
- Tepeapulco y La Nopalera (Hidalgo)
- Monte Albán (Oaxaca)
- Palenque (Chiapas), donde colaboró con Alberto Ruz Lhuillier.
En la década de los 70, por encargo de Guillermo Bonfil Batalla, impulsó la creación del Centro Regional Morelos-Guerrero (hoy Centro INAH Morelos) y participó en la fundación del Museo Regional de los Pueblos de Morelos en Cuernavaca. En 1974, fue nombrado el primer director de la institución regional en Morelos.
Su legado perdura no solo en los sitios que exploró, sino también en la literatura académica. Su obra Teotihuacan. Un autorretrato cultural, publicada en 1964, fue un texto esencial para las nuevas generaciones de antropólogos durante finales del siglo XX.
