Un psicólogo de la Universidad de Harvard ha identificado un patrón de pensamiento en adultos que pasaron su infancia entre las décadas de 1980 y 1990, al que denomina “sesgo de llegada”. Según Tal Ben-Shahar, este concepto se refiere a la creencia de que la felicidad se alcanza únicamente al llegar a un objetivo específico.
La influencia de las narrativas infantiles
Ben-Shahar sugiere que esta perspectiva podría estar vinculada a la exposición sistemática a cuentos y películas infantiles con desenlaces positivos. Narrativas clásicas como Mulán, Hércules, Cenicienta, La Sirenita o Blancanieves, que suelen seguir una estructura donde los problemas se resuelven y los protagonistas “viven felices para siempre”, habrían moldeado esta visión.
El experto señala que el inconveniente de esta narrativa es que transforma la felicidad en un destino final, cuando en la realidad suele tratarse de un estado transitorio y no permanente.
El proceso psicológico detrás de la expectativa
Este fenómeno se relaciona con la “adaptación hedónica”, un proceso psicológico mediante el cual las personas gradualmente regresan a su nivel base de bienestar incluso después de lograr hitos significativos. La sensación de vacío o decepción que muchas experimentan tras alcanzar una meta importante proviene, según el análisis, de una expectativa irreal sobre el entusiasmo que dicha conquista generaría.
Una perspectiva generacional diferente
La generación Z parece tener una comprensión más clara de este mecanismo y podría estar impulsando un cambio de paradigma. La idea de abandonar la búsqueda de un destino perfecto y aprender a valorar el proceso, en lugar de esperar un “final feliz” definitivo, podría ayudar a evitar confundir una pausa momentánea con un fracaso personal.
Para Ben-Shahar, la creencia en un destino predeterminado que garantiza la felicidad es uno de los principales obstáculos para el bienestar. La psicología contemporánea insiste, por tanto, en aprender a disfrutar el camino más que en perseguir únicamente la meta.
